• Patty Calle

Bugs Bunny cumple 80 años: "¿Qué hay de nuevo, viejo?"

Marche una torta de zanahorias para Bugs Bunny, que el lunes 27 de julio cumple 80 años. En rigor, fue el 30 de abril de 1938 cuando debutó como secundario del cerdito Porky en Porky’s Hare Hunt, sin nombre y con una fisonomía muy diferente. Pero el 27 de julio de 1940 es considerada la fecha oficial de su estreno, en el corto A Wild Hare (Una liebre salvaje), de Tex Avery, donde ya volvía loco a Elmer, el cazador. Ese día también estrenó su muletilla “¿Qué hay de nuevo, viejo?” (What’s up, doc?). Todavía faltaba mucho para que el viejo fuera él.





Esa liebre que apareció en un par de episodios en 1938 y 1939 era una combinación de la estrella del estudio, el Pato Lucas (Duffy), aparecido un año antes, y de un personaje de un corto de la Disney de 1935, La tortuga y la liebre. Pero Bugs Bunny desarrolló una personalidad ocurrente, de transformista y superviviente nato. Desataría mares de calamidades, pero sólo en respuesta a sus antagonistas: una de las decisiones de los libretistas era que Bugs no agrediría porque sí.

Ya es octogenario, pero Bugs Bunny no se jubila. A fines de mayo, la plataforma HBO Max (llega a la Argentina en 2021) estrenó Looney Tunes Cartoons, nuevas aventuras del conejo y sus secuaces. “Vimos todos los cortos clásicos y sacamos elementos de los Bugs Bunny de distintas épocas, incluso historietas, para meterlos en nuestro Bugs Bunny. Da miedo tratar con un personaje tan icónico, pero creo que fuimos exitosos”, cuenta vía videollamada Pete Browngardt, el showrunner y productor ejecutivo de la serie.





Hasta ahora, cada resurrección de Bugs Bunny y sus compañeros de Looney Tunes y Merrie Melodies había consistido en un intento de modernización de los personajes y sus aventuras. En cambio, estos cortos de uno a seis minutos de duración replican estéticamente a sus años de gloria, aquellos de las décadas del ’40 y ’50.


Looney Tunes era como la revista Mad de su tiempo, nada estaba fuera de sus límites: se reían de todo y todos. Warner Bros. nos dio mucha libertad y nos dejó hace lo nuestro, honrando a esos dibujitos que podrían ser considerados inapropiados para los chicos de hoy. Hay cosas que llegan muy lejos para la corrección política actual: por ejemplo, en algunos casos nos dijeron que bajáramos un poco la violencia. Pero no tratamos de hacer un Bugs Bunny moderno. Incorporamos temáticas actuales, pero el estilo de los gags es el tradicional”, agrega Browngardt.





Una de las diferencias reconocibles con aquellos viejos Looney Tunes es que los personajes ya no usan armas de fuego. “No fue mi decisión eliminar las armas, sino una decisión colectiva de Warner Bros.”, admite. “Hicimos encuestas en focus groups de chicos y padres, y resultó que estaban muy en contra del uso de armas y de ver armas en la serie. Hubo muchos tiroteos en Estados Unidos y el mundo en esa época, así que fue la mejor decisión”.


Pero la esencia, asegura, es inmortal: “Quisimos mantener las características de sus personalidades. Sam tiene mecha corta, es irascible y un idiota. Bugs es el piola de Brooklyn que siempre sabe qué decir. El Pato Lucas es el loco y salvaje, Porky es el humano promedio que trata de hacer lo correcto pero todo sale mal. Los arquetipos eran lo más importante de mantener”.


Esta historia se remonta a la década del ‘30, a un lugar ubicado en el mítico Sunset Boulevard de Los Ángeles conocido como Edificio de las Termitas (Termite Terrace). Era el Departamento de Animación de la Warner, que se había ganado ese apodo un poco por el estado de conservación del lugar debido al escaso interés que le prestaba el estudio, y otro tanto por la gente que lo poblaba.





Según la biografía Bugs Bunny: 50 Years and Only One Grey Hare, en ese lugar siete de los mejores directores de animación compartieron la paternidad: Ben Hardaway, Chuck Jones, Isadore “Friz” Freleng, Robert McKimson, Bob Clampett, Fred “Tex” Avery (que pronto se iría a MGM) y Frank Tashlin. Sumados al jefe de guionistas Michael Maltese y al mago de las voces Mel Blanc, que lo dotó de un acento mezcla de Brooklyn y el Bronx, tenemos a la pandilla que dio a luz al conejo más famoso.


"Bugs" Hardaway fue el director de aquellos cortos del ‘38 y el ‘39, y está directamente vinculado al nombre de la criatura. Charlie Thorson, uno de los animadores del staff de la Warner Bros., escribió “Bugs’ Bunny” en la hoja donde lo había bosquejado. Es decir, “el conejo de Bugs”, que era el apodo de Hardaway. Y quedó.


“Es asombroso que un personaje inventado en un lugar llamado Edifico de las Termitas hace 80 años siga vigente, cuando hay corporaciones de entretenimiento gastando miles de millones de dólares tratando de inventar la gran cosa nueva, y raramente duran más que unos años”, dice Browngardt.





Para él, la clave de la longevidad está en que Bugs Bunny tiene cimientos sólidos: “Al principio era un personaje loco, como el Pato Lucas. Pero cuando Tex Avery dirigió A Wild Hare le dio una personalidad más cool, que se burlaba del cazador idiota, Elmer, y rompía la cuarta pared. Le dio las bases de lo que era como personaje. Hasta inventó el What’s Up Doc, algo que decían sus compañeros de secundaria en Texas. Todo eso es lo que la gente amó”.


Otra explicación de esas bases sólidas que le dan vigencia, dice, es el método de trabajo del equipo creativo: “Chuck Jones, Bob Clampett, y esos cinco directores diferentes escribiendo y dirigiendo este personaje en cinco unidades distintas fueron clave para completarlo”. Se reunían en grupo, discutían durante horas, los dibujantes sugerían un trazo, alguien tiraba una idea básica, todos la desarrollaban y le insertaban gags.





Los modelos eran Buster Keaton, Charles Chaplin, los hermanos Marx, Laurel y Hardy, W.C Fields. “Escribíamos dibujos para adultos, ese era el secreto”, diría Maltese. Y Jones, medio en broma y medio en serio, iba más allá: “Estos cortos nunca se pensaron para niños. Tampoco para adultos. Fueron hechos para mí”. Es decir, para todos.


Bugs Bunny puede caer simpático o irritante (¿quién no le deseó, como al Correcaminos, que alguna vez todo le saliera mal?), pero nadie puede negar que fue un innovador. Una de sus mayores características es el uso del absurdo, con sus disfraces -todos lo reconocemos, menos sus adversarios- como grandes aliados. A menudo rompe la convención de la cuarta pared, hablándole directamente al público. Así, volvía geniales cortos que tenían un esquema simple y repetitivo: el conejo está tranquilo y algún matón o malvado viene a molestarlo. Él se defiende ridiculizándolo: su arma es el humor.


Lo que lo hace grande y eterno es pararse frente a los personajes abusivos y devolverles su maldad de la manera más absurda posible. Es el más vivo, el que siempre tiene algo divertido para decir, el que le habla al público. Es quien uno quiere ser: ese deseo de ser inteligente y resolver con ingenio situaciones difíciles es universal al ser humano”, opina Browngardt.





Además de los comediantes mencionados, los mayores referentes para construir la personalidad del conejo fueron Clark Gable y Groucho Marx. Al protagonista de Lo que el tiempo se llevó le debe su actitud canchera: esa pose desafiante de comer zanahoria parado, hablando con la boca llena, es una parodia de Gable en Lo que sucedió aquella noche (1934), de Frank Capra.


Al más famoso de los Hermanos Marx le debe otro de sus latiguillos (“¡Por supuesto, te darás cuenta de que esto significa guerra!”, dicha por Groucho en Sopa de ganso), así como su manera de caminar, de arquear las cejas y, sobre todo, sus salidas disparatadas.

Como para demostrar su plena actualidad, en noviembre del año pasado Bugs Bunny fue tema del día en la Argentina cuando el entonces presidente electo Alberto Fernández lo calificó como “uno de los estafadores más grandes” y “modelo de promoción del individualismo”.





Browngardt comparte parcialmente esa visión: “En cuanto al individualismo, sí, marcha a su propio ritmo sin tratar de imitar a nadie. Es quien es, y está bien con eso. Pero no es un matón, no trata de cambiar a la gente o una cultura. Viaja por el mundo, a veces toma ‘el giro equivocado en Albuquerque’ y termina en problemas. Se adapta a la situación y encuentra la manera de derrotar a cualquiera que se ponga en su camino”.


Para él, el rol de los dibujitos animados es, lisa y llanamente, entretener. “No me gustan los dibujitos que intentan hacer una bajada de línea cultural o moral, y se toman a sí mismos demasiado en serio. Necesitamos del entretenimiento, las historias, la comedia y los actores para atravesar momentos horribles en nuestras vidas. Esa es la belleza de la risa y la comedia. Es una necesidad vital”.





Para mediados de los años ’40 y hasta mediados de los ‘60, si Disney era el rey del largometraje de animación, los chicos de la Warner eran los reyes de los cortos. Se admiraba el lujo y la verosimilitud de los movimientos de Donald, Mickey y Pluto, pero en la oscuridad de la sala, Bugs Bunny y compañía los superaban en carcajadas. Los cortos se proyectaban en los cines, antes o entre las películas, para un público mayor de edad.

Al emblemático conejo lo escoltaban Porky, el Pato Lucas, el Coyote y el Correcaminos, el Gallo Claudio, Marvin el Marciano, Pepe Le Pew, Silvestre y Tweety, entre otros. La pandilla que creó a los personajes de Looney Tunes y Merrie Melodies no sólo terminó de solidificar la marca Warner Bros. en los dibujitos animados contemporáneos, sino que se convirtió en influencia fundamental para los animadores que buscaban salirse del modelo familiar de la escuela Disney.





Sus filmes animados aportaron velocidad y humor salvaje a personajes inolvidables, dueños de un enorme alcance psicológico y una irónica mirada sobre la condición humana. Utilizaban poses exageradas para comunicar sus pensamientos, un ritmo mucho más rápido, cortes más incisivos y diseños más estilizados, influidos por el arte moderno, que los de la factoría del Ratón Mickey.


Herederos de la gran tradición de la comedia física, los dibujitos de la Warner utilizaron libre y burlonamente todo tipo de material de la cultura popular, desde las interminables cabalgatas wagnerianas hasta Hollywood y sus estrellas, pasando por la televisión, monstruos y vampiros, fábulas y cuentos venerados. Bugs Bunny se mofó de Humphrey Bogart, se peleó con un James Cagney también dibujado y hasta parodió a Adolf Hitler.





“Desde su concepción, bromeó sobre el mundo a su alrededor”, dice Browngardt. “En los ‘40 fue literalmente a la guerra contra Japón y Alemania, y en los ‘50 representó el optimismo de la generación de baby boomers. Siempre fue un espejo de la cultura y el mundo en que vivimos, pero los ingredientes clave de su personalidad nunca cambiaron”.


En la Segunda Guerra Mundial los personajes de Warner Bros., con Bugs Bunny a la cabeza, protagonizaron cortos de propaganda contra el Eje. Fue parte de la respuesta que los estudios de Hollywood le dieron a la convocatoria de la Casa Blanca de sumarse a los esfuerzos bélicos.





El conejo incluso apareció con uniforme de marine, lo cual llevó a que lo nombraran sargento honorario de la fuerza. Fue también mascota oficial de la Aeronáutica. De esos años data Bugs Bunny Nips the Nips, tal vez su película de propaganda más extrema, que luego fue retirada de circulación por la forma racista en la que se burla de los japoneses.


Bugs Bunny está cabeza a cabeza con Mickey Mouse y Los Simpson en la pelea por ser el dibujito animado más popular de la historia. Estuvo nominado a tres Oscar y ganó uno, en 1958, por Knighty Knight Bugs (Fritz Freleng retiró la estatuilla). En la ceremonia de 1990, año de su cincuentenario, Bugs Bunny “apareció” en el escenario del Kodak Theatre para anunciar al ganador del premio en la categoría de Animación.


Fue el primer dibujito con estampilla propia y es el único, además de Mickey, que tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. En 1963 el estudio de animación de la Warner dejó de producir para el cine y siguió adelante trabajando para la televisión, por la mitad de los 35 mil dólares que costaba cada corto para la pantalla grande. Pero a Bugs Bunny nunca le recortaron el presupuesto: era demasiado bueno para abaratarlo.





Desde que los cortos originales de los Looney Tunes dejaron de producirse en 1969, Warner Bros se tomó muchas licencias con la franquicia. Los personajes tuvieron versiones infantiles de sí mismos en Tiny Toon Adventures, de 1990 a 1992; jugaron al básquetbol con Michael Jordan en la película Space Jam, de 1996 (y jugarán con LeBron James en la secuela por venir, Space Jam: A New Legacy); se transformaron en superhéroes futuristas en Loonatics Unleashed, de 2005 a 2007; y se mudaron a los suburbios en The Looney Tunes Show, de 2011 a 2014.


Además, Bugs Bunny apareció en historietas, largometrajes (en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? la rareza es que comparte escenas justamente con Mickey), videojuegos, publicidades, parques temáticos. No en vano, un crítico afirmó alguna vez: “Hay tres actores que marcaron el siglo XX: Laurence Olivier, Marlon Brando y Bugs Bunny”.





Browngardt recoge ese guante y dice que estar al frente de nuevos cortometrajes protagonizados por el conejo es como es como que un director actual tuviera la posibilidad de “trabajar con Charlie Chaplin, Marlon Brando o John Wayne”.


-Por último, ¿Bugs Bunny es macho o hembra? ¿Es una liebre o un conejo?

-Es un personaje de dibujitos animados.




Fuente: Clarín

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