top of page

Crítica: GOAT: La cabra que cambió el juego.

  • radiok10
  • hace 3 minutos
  • 3 Min. de lectura

La animación encuentra un nuevo lenguaje generacional en una fábula moderna sobre baloncesto, ambición, pertenencia y el peso de querer ser el mejor.


Antes de que el baloncesto se convirtiera en un fenómeno global dominado por estadísticas, contratos millonarios y discusiones interminables, el cine ya había entendido su potencia narrativa. Clásicos como Hoosiers, He Got Game, White Men Can’t Jump y el documental Hoop Dreams usaron la cancha como espacio simbólico para hablar de comunidad, desigualdad, herencia y frustración. Más cerca en el tiempo, las estupendas The Way Back y Hustle retomaron ese pulso desde la derrota, el desgaste físico y la necesidad de volver a empezar. Todas coinciden en algo esencial: el baloncesto funciona mejor cuando habla de personas, no solo de resultados.



Así se trate de animales antropomórficos al estilo de Zootopia, en ese linaje se inscribe GOAT (“Cabra” en inglés), que toma prestado un término central del debate deportivo contemporáneo. El acrónimo G.O.A.T. (Greatest Of All Time) se ha vuelto una obsesión cultural en el siglo XXI, una forma de ordenar el talento, la nostalgia y la comparación permanente. Su uso con sentido positivo suele asociarse a Muhammad Ali, quien convirtió la autoafirmación en espectáculo mucho antes de la era digital. Hoy, la pregunta por “el mejor de todos los tiempos” ya no es solo deportiva. Es identitaria, aspiracional y, muchas veces, asfixiante.



La película dirigida por Tyree Dillihay (persona clave de la serie Bob’s Burgers) y Adam Rosette (colaborador esencial en el arte de Dog Man, The Wild Robot y The Bad Guys), traslada ese debate al terreno de la animación con una historia que evita el cinismo, pero jamás el humor. Will Harris, una cabra antropomórfica con el sueño de triunfar en el Campeonato Roarball, no es un prodigio infalible, sino un joven atravesado por su pequeño tamaño, la precariedad, la admiración excesiva por su ídolo y la ansiedad de destacar en un sistema que devora rápido a quienes no cumplen expectativas. Caleb McLaughlin (Stranger Things) le da voz a esta cabra que sí puede saltar con una mezcla eficaz de entusiasmo, fragilidad y terquedad juvenil.



El reparto vocal amplía ese universo con inteligencia. Gabrielle Union compone a Jett Fillmore como una estrella felina del baloncesto marcada por el miedo al reemplazo; el jugador Stephen Curry, también productor, brinda su voz a Lenny, una jirafa con complejos y que suma un guiño meta; David Harbour (otro miembro de Stranger Things), aporta peso emocional como Archie, un rinoceronte guardián de sus dos pequeñas hijas con tendencias psicópatas; mientras Nick Kroll (Big Mouth) como Modo Olachenko, un excéntrico dragón de Komodo obsesionado con un huevo y con jugar UNO; Nicola Coughlan (Derry Girls) como Olivia, una avestruz acomplejada por la necesidad de validación en las redes sociales y Patton Oswald como Dennis, el mono narigudo y veterano entrenador, enriquecen el tono coral con humor y carácter. 



Los antagonistas, Mane Attraction, el caballo obsesionado con su cabello con la voz de Aaron Pierre y Jenifer Lewis como la jabalí dueña del equipo, funcionan como encarnación del éxito absoluto, la codicia y la violencia implícita en el deporte.


Visualmente, GOAT reafirma el sello de Sony Pictures Animation con una animación que privilegia el ritmo, la exageración física y el impacto emocional por encima del realismo. Heredera directa de Spider-Man: Into the Spider-Verse y KPop Demon Hunters, la película apuesta por colores intensos, movimientos elásticos y una puesta en escena que convierte cada partido en experiencia sensorial. En un panorama saturado de fórmulas previsibles, GOAT se siente actual, viva y en diálogo directo con audiencias jóvenes.


Lo más valioso es que la película entiende el deporte como lenguaje emocional. Habla del miedo a fallar, de la presión por destacar temprano, del peso de la mirada ajena y de la dificultad de construir una identidad propia. Lo hace con humor, sin solemnidad y con personajes que se permiten equivocarse. GOAT no responde quién es el mejor de todos los tiempos, pero propone algo más interesante: preguntarse por qué necesitamos esa etiqueta y qué estamos dispuestos a sacrificar para alcanzarla.


En ese gesto, la cinta se suma a la mejor tradición del cine deportivo: aquella que recuerda que ganar importa, pero entenderse a uno mismo importa más. (MS)




Síguenos en nuestras redes

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • TikTok
bottom of page